Rosa María Paniagua de Barry

02 marzo 2017

El amor llegó a mi vida en primavera

Hace 12 años, el 1 de marzo fui al aeropuerto con Eva a recoger a un amigo con quien tenía una relación de 6 años de conversar por chat. Él vivía en Manchester, Inglaterra.  Él ya me había dicho que sentía algo por mí y que quería conocernos. Habíendo tenido ya un par de relaciones a distancia fallidas, yo le dije que sí, que viniera, pero que no le ofrecía ni prometía nada.  

Dave me lleva 16 años. Definitivamente, no era un adolescente tardío en su cuarta década de vida a quien fui a recoger al aeropueto. Sin embargo, no sabía que iba a sentir al verlo después de tantas conversaciones, algunas muy profundas y otras más ligeras. No muchas personas lo saben, pero no he tenido mucha suerte en el amor e incluso, Dave fue mi paño de lágrimas en varias ocasiones. Él supo de mis citas, de mis casi novios, de mis novios, de mis alegrías y de mis tristezas. A pesar de las diferecia horaria entre Guatemala e Inglaterra, él siempre estaba allí para mí, a la distancia del internet. 

No hubo nada de magia en el encuentro, sí mucho nerviosismo y un saludo que no fue ni muy calido ni muy distante. Luego un viaje rápido al apartamento donde vivíamos, mostrarle su habitación y dejarlo que se instalara. Eva y yo viviamos en el tercer nivel de la casa de Doña Conchita y justo al cruzar el patio, estaba la habitación de Judy, una de sus hijas, quien en ese entonces estaba de viaje por estudios. La visa de Dave era para tres meses y Doñas Conchita nos rentó la habitación por ese tiempo. 

Lo llevé a conocer a mi familia y surgieron, como era de esperar, las preguntas y las desconfianzas acerca del "amigo de la Chiqui" (es decir yo). Dave, siempre correcto, callado y reservado, presentía todo sin mostrar sus sentimientos (como un buen inglés). Así pasó el primer mes. Yo trabajaba en mis consultorías y él se quedaba en casa cuando yo salía. Luego en la tarde, comíamos juntos con Eva, salíamos a caminar y conversabamos, mucho, finalmente, cara a cara sin una pantalla por medio. 

En abril, no recuerdo en que momento y por que razón, hablamos del futuro. Dave se abrió y me dijo que me amaba. Yo también sentía algo por él en aquel momento, pero si digo que es amor, entonces lo que siento hoy no tiene nombre, porque es más que amor. Yo le tenía muchísimo cariño, respeto, me sentía muy segura a su lado, con mucha paz. Sentía que si él se quedaba conmigo, no habría nada que no pudiera hacer, ningún obtáculo me podría vencer. Estaba enamorándome y tenía mucha fe en ese sentimiento y agradecía con todo mi corazón, el amor que él decía sentir por mí. 

A finales de abril, cuando quedaba un mes para que venciera su visa tomamos la gran decisión: Le daríamos la oportunidad a esta relación. Acordamos que si se quedaba era porque nos casaríamos. Le agradezco tanto que fuera un hombre íntegro y honesto, para quien yo no era solamente la "mujer con la que vivía en Guatemala", ni su aventura ni nada por ese estilo. El quería que yo fuera su esposa porque eso es lo que sentía sus corazón y me contagió con el  mismo sentimiento. Si se quedaba en mi casa conmigo y con Eva, entoces era porque él era mi esposo. 

Los anunciamos a la familia y de nuevo, surgió desconfianza en algunos y alegría en otros. Yo sabía que tanto en lo primero como en lo segundo, lo que había en el fondo era preocupación, normal. Nosotros seguimos adelante y poco a poco, nuestro entusiasmo fue contagiando al resto de la familia. 

Mi mamá nos apoyó llevándonos a Migración muchísimas veces para empezar con los trámites de Dave y su visa por matrimonio. También íbamos de compras al centro, por la boda. El año anterior, Juanito nos había dejado en octubre y mi mamá aún arrastraba todo su dolor con ella, pero igual, la empujamos nosotros por el mercado central y por las calles de la zona 1 mientras veíamos flores, decoraciones, invitaciones, copas, etc. 

Así se llego el día, un sábado, un 25 de junio (Día del maestro pero no lo hicimos con esa intención, seguro fue el único sábado disponible en junio en el hotel). Usé mi vestido blanco, con el collar y aretes rojos en juego, que compré acompañada por mi amiga Alba. Mi amiga Doris fue nuestra traductora durante la ceremonia para Dave. Nos casaron dos amigos abogados, con quienes llevaba ya varios años trabajando. El salón que daba a la piscicina del hotel, estaba lleno de rostros sonrientes y también algo intrigados, porque no habían tenido tiempo de conocer a mi "novio" antes de la boda. 

Fue un día mágico. Hasta mi mamá dejó su tristeza a un lado, por un momento, para decirnos unas palabras. Así empezó nuestra vida como pareja legalmente casada en el 2005, aunque nuestra vida juntos había empezado ya el 1 de marzo de ese mismo año, cuando desde la parte de arriba del aeropuerto, lo vi caminar hacia mí. Pero en ese momento, aún no lo sabía. 

Diez años después repetimos la experiencia. Organizamos una íntima boda religiosa. Aunque yo me consideraba más que casada con mi esposo, la bendición de la iglesia en la que habíamos sido bautizados era como una materia pendiente. Creo  que lo hizo más feliz a él y sobre todo a mis dos abuelas. Finalmente vieron a la nieta mayor casarse como se debe. 

Pero vuelvo a repetir, nuestra vida juntos empezó el 1 de marzo. Tal vez fue mucho antes, cuanto mi amigo de Inglaterra, con toda la fe del mundo, compró sus boletos de avión para venir a Guatemala y yo con menos fe pero mucho más nerviosismo, lo supe por un mensaje de chat. "Casamiento y mortaja del cielo baja" decía mi abue Mimía y así fue como me llego el amor y el matrimonio: bajo de cielo, de un avión y vino a mí desde bastante lejos. 

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